Chilavert: las cosas que hay que hacer para trabajar

Una de las más emblemáticas empresas recuperadas por los trabajadores, la imprenta Chilavert, el 7 de diciembre organiza una fiesta en su sede para recaudar fondos buscando instalar un centro cultural, mientras ha conseguido sobreponerse a años de vaciamiento y decadencia. La historia y los asombros del grupo de obreros que decidieron saltar la valla.

En el edificio de la imprenta hay un boquete.

Mide unos 20 por 25 centímetros. Ha sido tapado con ladrillos.

Como todo buen boquete, en un tiempo cumplió una función secreta, conspirativa y tal vez subversiva: permitió que los ocho obreros de la imprenta, complotados con el vecindario, trabajaran.

Esta solapada actividad se realizó a escondidas de los ocho policías y un vigilador privado que les habían puesto como guardianes.

Poco antes, esos mismos obreros habían sido sitiados por carros de asalto policiales, pero desde las ventanas altas del edificio, armados con combustible -entre otras cosas-, habían jurado que incendiarían todo, desde la barricada instalada en la entrada, hasta las máquinas y el resto del edificio. Todavía hoy Cándido González lo cuenta, se emociona y llora.

La estimación de los trabajadores era la siguiente: “Va a correr sangre, pero de los dos lados”.

Esta historia no surge de alguna película políticamente correcta o de suspenso sobre huelgas, gestas y resistencias: ocurrió hace poco más de un año en la ciudad de Buenos Aires en la que hoy es tal vez una de las mejores imprentas del país. Queda ubicada en Pompeya, en la calle Chilavert 1136. Formaron el grupo original Plácido Peñarrieta, Aníbal Figueroa, Ernesto González, Fermín González, Jorge Luján, Manuel Basualdo, Daniel Suárez y Cándido González. Cándido y Fermín son hermanos.

Cándido es el secretario y una especie de vocero natural de la Cooperativa de Trabajo. El nombre original de la empresa era Gaglianone, que fue una imprenta de buen pasar y alta calidad, de 76 años de existencia, que quedó en manos de su segunda generación en la persona de Horacio Gaglianone. La empresa entró en crisis como tantas otras en el país merced a la notable actuación de los gobiernos y sus políticas económicas de las últimas décadas- pero a eso se agregaron, según González, dos momentos reveladores:

1)A Horacio Gaglianone se le murió la conciencia.

2)En cierta oportunidad, el señor Gaglianone anunció a los obreros su nuevo orden de prioridades: “Acá primero me salvo yo, segundo yo, y tercero yo”.

Frente a tal programa de acción, los trabajadores se prepararon para tiempos difíciles.

González llama “muerte de la conciencia” a lo que ocurrió al morir la esposa de Gaglianone, Tola: “La señora era la que ponía la moral en la imprenta. Se murió Tola, y el tipo se quedó sin conciencia. Ella iba a los hospitales a ayudar enfermos, era una persona generosa, tenía algo adentro”.

La actitud del propietario de la imprenta se volvió hostil: “Yo admito que te quieras salvar, pero ¿y la gente que estuvo al lado tuyo toda una vida? No digo que les des todo, pero pagales la mitad, o una cuarta parte”.

La frase es un ejemplo del grado de violencia que se ha ejercido sobre trabajadores de espíritu moderado. Cándido, 59 años, entradó a Gaglianone hace 35: “Nunca pensé que esto se iba a cerrar”. Su historia personal ensambla con la de tantos sectores de trabajadores argentinos en las últimas décadas: de muy joven -en los 60- además de trabajar pasó por la actividad gremial, estuvo en la CGT de los Argentinos y en el Sindicato Gráfico. “Raymundo Ongaro era un luchador”, dice, pero reconoce que con el exilio del dirigente en los 70 los hábitos sindicales cambiaron: “Hubo un conflicto, vinieron matones que querían conducirlo, todo eso no me gustó y seguí como delegado aquí, en Gaglianone, para discutir las condiciones de trabajo, las horas dobles, el refrigerio, esas cosas”. Luego aclara el verbo: “Ongaro era un luchador, pero ahora nos hizo cada cosa…”.

Así pasó Cándido las últimas décadas, que revisa de un modo autocrítico: “Te dedicás a lo tuyo, a mejorar lo personal, y así uno se va alejando. Es como que uno se encierra, pierde contacto con la realidad. Eso nos pasó a nosotros: perdimos contacto con la realidad, y las cosas nos pasaron por encima. Ahora uno se da cuenta: qué tarado, ¿cómo no ví cómo eran las cosas?”

Cándido empezó a ver distinto a partir del 19 y 20 de diciembre del 2001. Comenzó a participar en la Asamblea de Pompeya: “Yo veía el problema de desocupación, de hambre, y no me quería quedar quieto. Me gustaba esa movida de trabajar en el barrio. No sólo protestar”.

Y después ocurrió lo que nadie esperaba: “Yo participaba para conseguirle bolsones de comida a la gente que necesitaba, y finalmente tuvimos que usar los bolsones acá, para comer nosotros”.

Una lección que ha tomado como un lema: “Uno, para defender su trabajo, tiene que defender el de otro. Y para defender la comida, tiene que defender la del otro”.

Orquesta de corruptos

La historia había ido cumpliendo etapas: primero la empresa entró en convocatoria de acreedores. El relato de Cándido: “El tipo le pagaba bajo cuerda a los acreedores, para poder llevarse las máquinas. No era una quiebra común, sino un vaciamiento. Manejan la covocatoria y arreglan todo con el juez. Ahí empieza la corrupción. Y sigue con el secretario del juez y con el síndico corrupto, sumados a contadores y abogados corruptos”.

El esquema culmina con una empresa convertida en una planta vacía, como una cáscara rota. “Y el pobre dueño, aparece como un tipo que no tiene nada a nombre suyo. No se le puede embargar, ni puede ir preso. Sacan las máquinas del inventario arreglando con el juez y la empresa queda vacía. Son asociaciones ilícitas, vaciamientos”.

La anécdota que desencadenó el final fue que Gaglianone perdió el contrato que tenía desde hacía 25 años, para imprimir los programas del Teatro Colón. “Eso daba buena plata con la publicidad. Se perdió, creo que porque ahí hay mucha política. Hay que repartir con el que te da el contrato en el Estado, ¿se entiende?” (Se entiende. Chilavert, ya como cooperativa, ha decidido abandonar esas prácticas: “Trabajamos con el Estado pero como un cliente más, que paga el 50% antes y el 50 al concluir el trabajo”.)

Al caer el contrato con el Colón, el señor Gaglianone anunció que todo continuaría como siempre, incluyendo un cambio de máquinas: “Nosotros ya veníamos con quincenas que no pagaba, deuda que se acumulaba, pero poníamos el hombro para salvar la cosa. Mientras tanto, él hacía una maniobra para liberar las maquinarias de la hipoteca. Como no se podía llevar el edificio, se llevaba las máquinas”.

La cruel verdad

Cándido explica que así se iba preparando el vaciamiento. Del 2000 al 2002 no había casi trabajo, no se pagaban los servicios, y Gaglianone anunció que vendería las máquinas, para comprar otras. “Pensamos que era algo normal, destinado a seguir con la empresa. Pero de golpe cortan la luz”.

Los obreros fueron a plantearle a su patrón qué era lo que estaba ocurriendo. Era el 3 de abril del 2002: “El tipo nos dice: ‘muchachos, ustedes vieron el bolonqui que hay en el país. Esto se va a la mierda, y máquinas nuevas no puedo comprar’. Le dijimos que no comprara, pero que tampoco se podía llevar las que estaban en la convocatoria. Y nos contesta: ‘¿Quién dijo que están en la convocatoria? Yo las vendí dos meses antes”.

Cándido y sus compañeros entendieron todo: “Este nos quiere joder”, reflexionaron con exactitud. Y actuaron en consecuencia.

Al día siguiente llegó un mecánico vecino a desarmar las máquinas. Los obreros se le plantaron: “No lo van a hacer”. Apareció Gaglianone con el encargado del taller y un gerente:

-Eh, Cándido, cómo no me dejás sacar las máquinas, ¿cuánto hace que nos conocemos?

-Discúlpeme, la verdad es que a usted no lo conozco.

-¿Cómo no nos vas a dejar sacarlas?

-No salen- informó Cándido, con sus siete compañeros a sus espaldas.

-Bueno, dejanos desconectarlas- solicitó Gaglianone.

-No. Si quieren desconectarlas paguen lo que nos deben.

-¿Cuánto es? preguntó el patrón.

-En mi caso, 33.000 pesos- explicó Cándido. El vecino mecánico abrió los ojos como huevos, saludó y se fue resignado.

-Yo te aviso que los jueces se compran -dijo Gaglianone-, van a venir con cuatro carros de asalto y te sacan a patadas en el culo.

-Bueno, cuando venga el juez y los carros de asalto, los ayudamos a desarmar las máquinas.

Ese día -4 de abril- se quedaron a dormir en la planta, al lado de las máquinas. “Ahí saltamos la valla. La valla de decidir: voy a pelear”.

Cuando llegó el fin de semana y Gaglianone observó que los obreros se aprestaban para pasarlo en la planta, comprendió que la historia no tenía vuelta atrás. Cándido: “Encontramos arriba un colchón, unos muebles, y empezamos a organizarnos. Gaglianone seguía viniendo, se encerraba en su oficina, y sacaba los libros de la empresa. Todavía pagaba vales de uno o dos pesos, y una vez nos pagó con un billete de 50 dólares, que encima era falso. Cuando cortaron el teléfono, nosotros nos colgamos de la línea para poder estar en contacto con la asamblea de Pompeya y algunas otras que habíamos ido conociendo, por si necesitábamos ayuda. Un día él escuchó que sonaba el teléfono, se acercó y dijo: muchachos, ¿me dejarían hacer una llamadita. Después ya no lo dejamos sacar más nada. Su posición se debilitaba, y nosotros ya queríamos tener el control de todo”.

Cándido no puede evitar definir la situación en términos bélicos. “Una vez vino el contador corrupto para llevarse libros contables, y le cerramos la puerta. Le perdés el respeto a esa gente. Es una guerra, ellos se quieren salvar, y nosotros también. Cada uno defendía lo suyo”.

Magia

En ese tiempo descubrieron un acto de magia: “Las máquinas no estaban en el inventario de la convocatoria. Hicimos la denuncia por intento de vaciamiento, y el síndico dice: ‘no puede ser, yo fui a la imprenta y las máquinas no estaban’. Eso te demuestra que tiene que haber juez corrupto, síndico corrupto y demás, para poder hacer el vaciamiento”.

El 10 de mayo, se decretó la quiebra: “Eso quería decir que nos podían echar a patadas en cualquier momento”.

Recién en esos días habían entrado en contacto con el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER) y su presidente, Eduardo Murúa. La empresa IMPA, y asambleas como la de Palermo Viejo, Congreso, Parque Avellaneda, Parque Patricios, entre otras, también estaban en alerta.

Allí ya comenzaron a redondear la idea de constituirse como cooperativa. “Chilavert es el nombre de la calle en la que estamos, pero viene del coronel que peleó en la Vuelta de Obligado. Nos gustó por los dos lados”. Todos reconocen, de paso, que la fama del arquero paraguayo sirvió para que el nombre sea rápidamente captado por cualquiera.

Para sobrevivir, vendieron planchas de aluminio a IMPA pero además, impensadamente, les llegó un trabajo: imprimir las tapas y encuadernar el libro Qué son las Asambleas Populares, de la editorial Peña Lillo. “Pero al día siguiente llega el síndico con tres patrulleros. Llamamos a la gente de la asamblea de Pompeya. Nosotros estábamos adentro con el síndico, y los muchachos de la asamblea descubren que en la puerta había un cerrajero cambiando la cerradura. Lo pararon. Digamos que lo convencieron: sacó la nueva cerradura, volvió a poner la anterior y se las tomó. Llegaron de IMPA, y los policías empezaron a quedar en minoría”.

El síndico discutía la pretensión de los obreros de hacerse cargo de la empresa. Les decía que no tenían ni luz. Pero ellos ya habían adquirido un pequeño generador, con parte del dinero de la venta del aluminio. “Ahí le tapamos la boca, y se fueron anunciando que volverían tres días después”.

Trabajar es de fascinerosos

Siguieron a toda marcha con el trabajo de impresión del libro, y a los dos días, el 24 de mayo del 2002, el síndico regresó mejor acompañado que nunca:

  • Ocho (8) patrulleros.

  • Ocho (8) carros de asalto.

  • Dos (2) ambulancias.

  • Un (1) camión de bomberos.

“Como si fuéramos fascinerosos o terroristas”, describe Cándido. Los obreros hicieron funcionar sus alarmas y llegaron esposas y parientes, obreros de IMPA, gente de las asambleas (Pompeya, Traful, Parque Patricios, Palermo Viejo, Parque Avellaneda), del centro de jubilados del barrio, vecinos. Unas 300 personas, para acompañar a los ocho trabajadores.

Armaron una barricada con gomas y papeles: “La presión de los carros de asalto se la devolvimos con la presión de la barricada” dice Cándido, que empieza a emocionarse al recordar.

Las esposas se instalaron en la planta alta, desde las ventanas tiraban papelitos para alimentar la barricada inflamable. “Avisamos que íbamos a incendiar todo” dice Cándido.

La noticia es: estaban dispuestos a hacerlo realmente.

“Éramos dos los que sabíamos qué teníamos que hacer. Íbamos a prender fuego a las máquinas. La gente de IMPA nos dijo: los vamos a defender, ¿ustedes hasta dónde van?”

Cándido ahora llora al recordar. Estamos en la imprenta, son las siete de la tarde, y está anocheciendo como para que las lágrimas del hombre no se vean. Levanta la cabeza y dice: “Vos peleás por lo tuyo, pero cuando otros pelean por vos…”

A las 6 ó 7 de la tarde el juez ordenó desalojar.

Párrafo aparte

El que recibió la orden fue un comisario que ganaría notoriedad unos meses después: Juan Carlos Pereyra, responsable de la comisaría 34º de la que nueve policías terminaron acusados de arrojar adolescentes al Riachuelo, hasta que mataron a uno de ellos: Ezequiel Demonty.

Cuenta Cándido: “A este Pereyra yo lo conocía porque había venido a la asamblea de Pompeya en nombre de Mauricio Macri a invitarnos a un chocolate para los vecinos. Ya en esa época le hacía campaña a Macri, y eso que era comisario en actividad”.

Toda interpretación sobre esta relación entre los conceptos “comisario Pereyra”, “Macri”, “chocolate” y “jóvenes arrojados o asesinados en el Riachuelo”, queda a cargo de las lectoras y lectores presentes.

“No prendan fuego”

El comisario Pereyra recibió la orden de desalojar, miró la barricada, escuchó a los vecinos. “La gente puteaba a la policía” ilustra Cándido. Pidió a los obreros: “no prendan fuego”. Al juez le insinuó: “Mire que hay mucha gente”.

En la planta superior, cerca de las ventanas, los obreros había colocado bidones de combustible, entre otras cosas, pensando en defenderse.

“Nosotros dijimos: va a haber sangre, pero de los dos lados”. Finalmente el comisario parece haber convencido al juez. La presencia de los noticieros fue disuasiva para el entusiasmo judicial. A las 10 de la noche el sitio a Chilavert fue levantado por las llamadas fuerzas del orden, que dejaron ocho agentes custodiando (el significado obsesivo del ocho escapa a la comprensión de Cándido y sus siete compañeros).

El boquete

Durante dos meses quedó en la puerta la guardia de ocho policías para impedir actitudes sospechosas, fundamentalmente la de trabajar. Era una manera de quebrar esa empecinada resistencia de quienes habían saltado la valla.

Cándido relata qué hicieron entonces: “El libro sobre las asambleas seguía en nuestras manos. Decidimos imprimir las tapas. Había un vigilador privado que dejó Gaglianone, y le dábamos charla para que no viera nada. Justificábamos que las máquinas estuvieran funcionando diciendo que había que encenderlas para que no se arruinaran. Hicimos el trabajo, pero no podíamos sacar los libros. Pensamos hacerlo por la terraza, pero un vecino nos propuso abrir un boquete en la medianera, y sacarlo por su casa. Hicimos el boquete y después el vecino nos llevaba en su coche para sacarlos, porque no teníamos ni para el boleto. Un día estábamos ahí, pasando libros por el boquete, y uno dijo: mirá las cosas que hay que hacer para laburar”.

El boquete está a más de dos metros de altura, en el lugar donde alguna vez existió un aire acondicionado. Aprovecharon ese rectángulo para romper allí la pared nuevamente, y pasar por allí los libros. Del otro lado los recibía don Julio Berlusconi, el vecino. Cuando dice que su apellido es Berlusconi pone cara de circunstancia: “Qué se le va a hacer. Que un tipo como Berlusconi gobierne Italia te muestra que el mundo está enloquecido”.

Don Julio tiene en su casa un pequeño taller metalúrgico. Al permitir el boquete (no sólo lo permitió sino que fue el de la idea) estaba cometiendo un delito: “Pero yo soy obrero, y la raíz está. Si hay que ayudar a un compañero, se lo ayuda y listo” señala superando con pocas palabras todos los discursos solidarios u obreristas que suelen emitirse por derecha o por izquierda.

Para disimular el boquete en Chilavert colgaban un cuadro, una reproducción de una naturaleza muerta de De la Cárcova.

La naturaleza muerta ahora está colgada como recuerdo bajo el boquete, que fue tapado con ladrillos, pero quedará siempre así, expuesto, para no olvidarlo: naturaleza viva.

La diversión

Finalmente en agosto del 2002 se concretó la expropiación. Lentamente comenzaron a poner en pie la empresa, y a retirar de a poco (primero 200 pesos mensuales, hasta llegar a los actuales 800). Lograron algo inesperado: “Estuvimos en todos los conflictos, siempre ayudando, y Chilavert se hizo conocida como imprenta de lucha. Fue una propaganda, un boca a boca. Nuestro márketing” dice Cándido.

No cuentan con el apoyo del Sindicato Gráfico que dirige el señor Raymundo Ongaro, de quien González remarca que “era un luchador, porque lo que es ahora…”.

Cándido se mete la mano en el bolsillo y extrae dos billetes. Uno es azulado, como los de dos pesos, con la imagen de un señor en turbante y caracteres como de alfabeto ruso. El otro es verde-dólar, por un presunto valor de “one million dollars”, en letras y números.

Le pregunto qué son esos billetes: “Nos los dio Ongaro, como contraseña para ir a hablar en nombre suyo con los de la obra social. Así, como de lástima, nos dio dos meses de obra social, y después: arréglense como puedan”. Ongaro no es de los que saltó la valla: “No, qué va a saltar, la está trepando del lado de allá y no va a llegar nunca. Yo no sé qué le pasó, antes era otra cosa”.

En Chilavert ganan menos que en los viejos tiempos: “Pero nos divertimos, porque hacemos lo nuestro. Es otro ambiente, otra relación. A nadie se le ocurriría volver a trabajar con patrón”.

Cándido cree que aunque las fábricas y empresas recuperadas sean una partícula en el universo de la economía argentina “la diferencia es que somos una partícula con prestigio. Y no todos los que tienen mucha fuerza tienen prestigio”.

La imprenta, además, tiene un prestigio propio, por la calidad de libros que produce, y el contenido que tiene que un libro sea hecho por esta cooperativa.

Ahora Chilavert tiene además un centro cultural en el horizonte. El 7 de diciembre harán una fiesta, con grupos folklóricos y otras sorpresas, para recaudar fondos para que ese proyecto se concrete e inaugure en marzo. El futuro no es totalmente claro, ya que tienen la empresa en comodato por dos años, que vencen en 2004, y no han reunido capital suficiente como para comprarla. En Chilavert aseguran que esperan con confianza. Ya se sabe que nadie los quitará de allí gratuitamente. Cándido describe la nueva situación, y el futuro, cerrando su idea con tres palabras que conviene no olvidar.

-¿Sabés qué fue lo importante de todo esto para nosotros? Sentir que podemos.

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